

El estilo de conducción, influye tanto en la vida útil de tu coche como en el consumo, pues determinados hábitos aumentan el gasto de combustible, incluso provocan el deterioro prematuro de los automóviles.
Por eso, en los últimos años se ha promovido cada vez más la “conducción eficiente” que ofrece numerosas ventajas:
En este sentido, recuerda que la anticipación es una aliada impagable de la conducción eficiente.
Con una conducción despreocupada estaremos consumiendo más combustible del que sería óptimo. Mientras, con una conducción pausada normal y sin forzar el coche, ya ahorramos combustible. Practicando correctamente la conducción eficiente conseguiremos un consumo óptimo en cada situación, pero si nos “pasamos”, acabaremos sufriendo importantes averías.
De este modo, es muy importante seguir unas sencillas reglas para evitar daños en el motor:
Estas reglas son los principales aliados de la conducción eficiente.
Sin embargo, muchos conductores aplican mal esta última y utilizan la marcha más larga en cualquier circunstancia. Así, no es raro que veamos vehículos subiendo un repecho pronunciado en una autopista en 5ª, con el acelerador a fondo. El coche no es capaz de mantener los 120 km/h y se queda en 100 km/h mientras su conductor pisa el pedal a fondo.
Esto no sólo aumenta el consumo de carburante, sino que, además, puede provocar averías graves en tu coche. En primer lugar, podemos dañar la junta de culata, pues circular con el gas a fondo, la temperatura en la cámara de combustión sube en exceso lo que puede acabar dañándola. Una avería cara de reparar.
Asimismo, podemos provocar daños en los casquillos de bancada y el pie de biela. Y es que con el acelerador al máximo y a pocas revoluciones, el propulsor trabaja en el límite de picado, que es un fenómeno que provoca que el combustible se inflame antes de que el pistón llegue al punto muerto superior, obligándole a bajar antes de llegar al final de su recorrido.
Esto somete a un estrés mecánico a los cojinetes de la biela y del cigüeñal (y a la cabeza del pistón, que en los motores diésel puede incluso perforarse), lo que en casos extremos puede llegar a partir una biela. Esto haría un agujero en el bloque, arruinando el motor.
Además, se pueden producir un desgaste prematuro de los cilindros. A pocas revoluciones y con el acelerador a fondo, el pistón “campanea”. En lugar de subir y bajar recto, lo hace oscilando. Esto aumenta la fricción, incrementando el desgaste y la temperatura. Por otro lado, a pocas revoluciones, tanto la bomba de aceite como la bomba de agua mueven menos caudal, lo que aumenta el problema.
En los propulsores de gasóleo estos problemas se agravan, por la suciedad que generan. Así, podemos encontrar fallos en el sistema de recirculación de gases. En las mecánicas de gasóleo, los gases tienen mucha carbonilla. Circular en marchas muy largas a poco régimen genera mucha suciedad y esto hace que los conductos de admisión y la propia válvula EGR se vayan obstruyendo.
También, como ya te contamos, se pueden originar fallos en la geometría variable de los turbos. El exceso de hollín agarrota los mecanismos de geometría variable, obligando a su limpieza periódica o, en el peor de los casos, a la sustitución del turbo.
Por último, se pueden producir fallos en los filtros antipartículas. De nuevo el exceso de hollín de la combustión, que tapona los filtros FAP, obligan a aumentar el número de ciclos de regeneración. Esto dispara el consumo de combustible, ya que en esos ciclos se producen ‘postinyecciones’ para quemar la carbonilla del filtro y limpiarlo.
Estas ‘postinyecciones’, además de aumentar el consumo, provocan un ‘lavado’ de las paredes de los cilindros, por lo que, al perder lubricación, se desgastan rápidamente. Además, ese exceso de gasóleo acaba cayendo al cárter y mezclándose con el aceite, degradándolo. Este problema afecta especialmente a los diésel que circulan eminentemente por ciudad, ya que el motor no suele funcionar por encima de 2.000 rpm.
Realmente es sencillo no castigar a tu motor cuando practiques una conducción eficiente. Sólo debes seguir una regla muy sencilla: siempre que una marcha exija más de 2/3 del recorrido total del pedal del acelerador para mantener la velocidad constante, debemos bajar una o dos marchas, o las que sean necesarias. Así podrás alargar la vida de los componentes del motor de tu coche.
Esto no quiere decir que, en momentos puntuales (como, por ejemplo, en una incorporación), no nos podamos permitir acelerar sin miedo por encima de las 3000 hasta las 3500 rpm, algo más que suficiente para desprender esa carbonilla que puede acabar costándonos muy cara.
En el caso de los motores diésel, y sobre todo si apenas sales de recorridos urbanos, lo más recomendable es rodar durante unos 15 minutos con el motor por encima de las 2.000 rpm de vez en cuando. Lo ideal sería circular por una carretera con algo de pendiente, que obligue a la mecánica a trabajar con una buena temperatura. De esta forma, mantenemos el filtro antipartículas lo más “descarbonizado” posible.
Recuerda: una conducción eficiente es la que consigue el equilibrio (ni llevar ahogado el coche ni conducir siempre por encima de las 3.000 rpm). Hacerlo te permitirá ahorrar en combustible y en averías. Del mismo modo, circular con un coche bien mantenido también contribuye a evitar averías y a mejorar tu seguridad vial.
En Autoescola Canyelles te aconsejamos para que efectúes siempre una conducción respetuosa y responsable.
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