

Cuidar tu coche para garantizar tu seguridad y alargar su vida útil es tan sencillo como seguir algunos consejos básicos como son realizar una conducción responsable y no agresiva, y practicar un mantenimiento preventivo de tu vehículo.
Y es que, como ya contamos, muchos conductores esperan a que el vehículo se averíe para que un profesional realice las tareas necesarias sobre él. No seas uno de ellos.
¿Sabes qué los diferencia? El mantenimiento preventivo se basa en seguir las instrucciones del fabricante en las que se indica los intervalos (de tiempo o kilometraje) en los que se deben sustituir ciertas piezas del vehículo o cada cuánto deben ser revisadas.
En cambio, el mantenimiento correctivo se limita a efectuar las reparaciones o sustituciones de aquellos componentes del vehículo que han dejado de funcionar o ya no lo hacen adecuadamente. Suele implicar operaciones más costosas tanto por la mano de obra empleada por el número de componentes sustituidos.
No en vano, muchas averías pueden evitarse realizando un mantenimiento preventivo, si bien es cierto que algunos fallos no podrán evitarse ni dependerán del cuidado periódico de tu coche.
De este modo, el mantenimiento preventivo consiste en cuidar nuestro vehículo de manera rutinaria y no esperar a una avería para acudir al taller ¿Y qué ventajas tiene practicarlo?
En primer lugar, alargamos la vida útil de nuestro coche, pero no sólo eso. También evitamos averías innecesarias producidas, en ocasiones, por nuestra propia dejadez; ahorramos dinero en solucionar problemas más graves; y circulamos más tranquilos sabiendo que la seguridad del vehículo está garantizada.
El libro de mantenimiento facilitado por el fabricante del vehículo detalla las operaciones de mantenimiento que se deben realizar al vehículo y explica cada cuánto tiempo y cada cuántos kilómetros hacerlas. Las tareas más habituales que engloban el mantenimiento preventivo son:
El cambio periódico del aceite y del resto de fluidos (refrigerante, líquido de frenos…); la sustitución de todos los filtros (de aceite, de aire, de combustible y de habitáculo); de los neumáticos (revisar de manera periódica tanto la presión del aire como su desgaste); y de los frenos (pastillas y discos de freno pues garantizan nuestra seguridad en caso de frenada).
Asimismo, el mantenimiento preventivo se completa con la sustitución periódica de los amortiguadores (que garantizan la estabilidad del vehículo), de las luces, de la batería, y de la correa de distribución, elemento clave pues su rotura puede desembocar en el gripaje del motor.
En definitiva, evitar los errores de mantenimiento más comunes, así como otros fallos evitables (repostar el carburante incorrecto, acelerar o frenar sin necesidad, conducir en exceso a bajas revoluciones…) completan las ventajas de practicar un mantenimiento preventivo.
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